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Hay lugares que no parecen históricos hasta que cierran

  • hace 1 día
  • 2 Min. de lectura

Porque una historia, cuando está bien contada, puede cambiar la manera en que miramos el mundo. Y aprender a contarla —con técnica, sensibilidad y rigor— también es una forma de resistencia.


La escuela estaba ahí, discreta, sin mármol ni solemnidades. Nació en los años ochenta, arropada por una sociedad que defendía los derechos de los autores, pero su verdadero patrimonio nunca fue jurídico: fue humano. Era un salón con mesas largas, hojas impresas con tachaduras y una certeza compartida: escribir se aprende escribiendo, pero también escuchando.


Quienes la dirigieron en su última etapa hablaban de algo muy simple y, por eso mismo, poderoso: compartir el conocimiento. Abrir el diálogo. Dar herramientas. No formar divos, sino artesanos del lenguaje. “Que los alumnos tengan más herramientas para su quehacer”, repetían. Y esa frase, tan sobria, era casi una declaración de principios.


Antes el diplomado duraba dos años. Dos años para equivocarse sin prisa, para encontrar una voz propia entre el ruido de las influencias. Luego lo redujeron a seis meses. Se dijo que muchos no lo terminaban. Pero en los pasillos la memoria contaba otra cosa: generaciones completas, compañeros que hoy publican, otros que enseñan, algunos que regresaron convertidos en maestros. Una genealogía silenciosa.


La última generación se graduó. No hubo fanfarrias. Solo abrazos largos y esa sensación de que algo se estaba cerrando sin que nadie supiera si habría regreso.


Y, sin embargo, el deseo seguía ahí. Más de 120 solicitudes para apenas 30 lugares. La respuesta fue importante. Lo suficiente para demostrar que la literatura no es un lujo de sobremesa, sino una necesidad que insiste.


Las clases eran conversacionales. Nada de solemnidad acartonada. Se leía en voz alta, se desarmaban cuentos como relojes viejos, se discutía un adjetivo como si de verdad importara —porque importaba. Había crítica, sí, pero también cuidado. Una comunidad que entendía que la página en blanco asusta menos cuando alguien más la está mirando contigo.


Una alumna recuerda que antes el proceso era más largo, más hondo. “No era perfecto —dice otra voz—, tenía cosas que mejorar, pero no era para echarlo por la borda”. No hablan desde la nostalgia fácil, sino desde la gratitud. Desde esa forma íntima de saber que un espacio te cambió.


Alguien confesó que estaba dispuesto a renunciar a su trabajo con tal de entrar. Había esperado años. Años. ¿Cuántas cosas despiertan hoy una emoción así?


A mediados del siglo pasado —se decía en clase— era más sencillo acercarse a las grandes figuras intelectuales. La escuela quería recuperar ese gesto: que el maestro no fuera estatua, sino interlocutor. Que el oficio se transmitiera de mesa en mesa, de cuaderno en cuaderno.


Tal vez eso era lo más entrañable: la idea de que escribir no es un acto heroico y solitario, sino una conversación que se sostiene en el tiempo. Una conversación que ahora queda flotando en quienes pasaron por ahí.


Porque hay lugares que no parecen históricos hasta que cierran. Y entonces uno entiende que no eran solo aulas. Eran refugio. Eran promesa. Eran el primer sitio donde alguien, con timidez y orgullo, pudo decir en voz alta: quiero ser escritor.


SOGEM
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