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¿La democracia realmente aporta riqueza a un país?

  • anitzeld
  • 4 nov
  • 2 Min. de lectura

Durante décadas, se creyó que la democracia era el camino natural hacia la prosperidad, una idea consolidada tras la Segunda Guerra Mundial y reforzada por la llamada teoría de la modernización, que proponía que el desarrollo económico impulsaba sociedades más liberales. Sin embargo, el auge económico de países autoritarios como China y el desencanto con las democracias occidentales han puesto esa relación en duda.


Aunque algunos estudios —como los del economista Daron Acemoglu— indican que pasar de una autocracia a una democracia puede aumentar el PIB hasta 20% en 25 años, los datos más recientes muestran que la relación entre democracia y riqueza no es lineal. En países pobres, los primeros aumentos de ingresos suelen ir acompañados de una pérdida de libertades, y solo al alcanzar cierto nivel de prosperidad las sociedades tienden a volverse más democráticas.


El caso suizo sigue siendo una excepción ejemplar: combina democracia directa, estabilidad institucional y decisiones económicas prudentes, lo que mantiene su competitividad y baja desigualdad. Aun así, expertos señalan que su éxito no depende solo del sistema político, sino también de factores como su ubicación geográfica, su modelo fiscal y su sistema educativo.


Por otro lado, el descontento global con las democracias se explica menos por la economía que por la narrativa: redes sociales, populismos y la influencia de potencias autoritarias como China o Rusia han debilitado la confianza ciudadana.


Finalmente, el debate se ha desplazado del crecimiento al terreno geopolítico: mientras las autocracias se presentan como garantes de estabilidad, las democracias buscan reafirmarse como pilar de seguridad y cohesión. Pese a los cuestionamientos, el consenso académico y político sigue sosteniendo que, a largo plazo, las instituciones democráticas ofrecen las condiciones más sólidas para un desarrollo sostenible y equitativo.


México


En el caso de México, la relación entre democracia y prosperidad refleja muchas de las tensiones descritas en el debate global. Tras décadas de transición democrática, el país ha logrado estabilidad electoral y un crecimiento económico moderado, pero sin traducirlo en bienestar equitativo. La desigualdad estructural, la corrupción y la violencia han debilitado la confianza ciudadana en las instituciones democráticas, lo que alimenta narrativas similares a las que hoy fortalecen el autoritarismo en otras regiones. Aunque México no ha seguido el modelo de desarrollo centralizado de China, su economía depende cada vez más de decisiones externas —como la política comercial de Estados Unidos— y de factores que poco tienen que ver con su sistema político. Aun así, la solidez de su sociedad civil, el pluralismo y la participación electoral siguen siendo activos democráticos que, bien fortalecidos, podrían ser la base de un crecimiento más inclusivo y sostenible

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