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En México, hoy la ilegalidad se considera un derecho

  • hace 7 horas
  • 3 Min. de lectura

Sí, ¿y qué?


En México, romper la ley dejó de ser una excepción. Se volvió rutina. Un gesto mínimo, casi automático. Como estacionarse en tercera fila “tantito”, pasarse un alto porque “no viene nadie” o manejar sin placas un par de días “en lo que salen”. La ilegalidad ya no escandaliza: se negocia, se justifica, se acumula.



Todo empieza pequeño. Una multa por exceso de velocidad que no se paga. Otra por estacionarse mal. Luego una más. No pasa nada inmediato, no hay consecuencias visibles. El sistema no alcanza, la autoridad no persigue o simplemente se diluye en trámites imposibles. Y entonces la infracción deja de ser falta: se convierte en opción.


En México, la ilegalidad funciona a menudo como un modo de vida normalizado. No es solo práctica: es cultura. La falta de una cultura de legalidad convive con normas sociales que la toleran y la reproducen, creando un entorno de alta impunidad —superior al 98% en materia penal—. Se cuela en lo cotidiano: en los “pequeños” actos de corrupción, en la piratería, en el incumplimiento constante de normas. Y así, sin ruido, se perpetúan ciclos de violencia, de inestabilidad social, de un Estado de Derecho que apenas se sostiene. El poco compromiso con lo público y con el bien común termina por abrirle paso a estos contextos donde la ilegalidad deja de ser excepción para convertirse en regla.


Como ejemplo, en Acapulco, la escena es más cruda. Con amenazas y agresiones, corrieron a turistas de la Playa Papagayo porque se negaron a pagar 200 pesos por estacionarse en la vía pública y 400 pesos más por usar su propia sombrilla. La ilegalidad ya no es solo omisión: es cobro, es imposición, es control del espacio público por quien logra adueñárselo, aunque sea por unas horas. Sí, ¿y qué?


Las calles lo cuentan mejor que cualquier estadística. Filas que ya no son filas: son tres, cuatro, las que quepan. Motos que circulan sin placas, invisibles a cualquier sistema de control. Fotomultas que existen en el papel pero se diluyen en la práctica. Una legalidad intermitente, más visible en el discurso que en la vida cotidiana.


No es solo un problema de tránsito. Es una forma de habitar el espacio público. Las pequeñas ilegalidades —esas que parecen inofensivas— se van juntando como agua estancada. Y terminan por volverse pozos. Profundos. Difíciles de salir.


Como forma de vida, la ilegalidad siempre ha estado ahí, latiendo en lo cotidiano. Pero en los últimos años —cuando la permisividad se utilizó para lograr afiliaciones— esa frontera entre lo legal y lo ilegal se ha desdibujado todavía más. No porque la ley haya cambiado, sino porque dejó de importar. Como si lo ilegal, de tanto repetirse, hubiera terminado por volverse aceptable. Casi legal.

El problema no es únicamente que la ley se rompa. Es que se pierde la idea misma de ley. Cuando todo el mundo incumple un poco, cumplir se vuelve la excepción. El que respeta el reglamento estorba, retrasa, incomoda. Se vuelve el raro.


Pero el caos no llega de golpe. Se construye así: en lo mínimo. En la multa ignorada. En el alto que no se respeta. En la fila que deja de ser fila. En la idea de que la ley es negociable.


México no se volvió un país de ilegalidades de un día para otro. Se fue acostumbrando. Y en ese acostumbrarse, lo ilegal dejó de ser excepción para volverse paisaje.

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