Elizabeth Siddal: la musa que quiso escapar del lienzo
- anitzeld
- 30 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 19 ene

Elizabeth Siddal llegó a la Hermandad Prerrafaelita como una presencia silenciosa que, sin buscarlo, terminó convertida en su mito más persistente. Walter Deverell la descubrió por azar, trabajando en una tienda de sombreros; vio en su figura alta y etérea la encarnación exacta de una belleza anterior a la modernidad, esa que los prerrafaelitas perseguían como una promesa de pureza. Lo que él no imaginaba era que aquella joven de origen humilde se volvería el rostro más célebre del movimiento, la musa que inspiraría devoción, obsesión y, con el tiempo, una sombra de culpa.

Cuando John Everett Millais decidió pintar Ophelia entre 1851 y 1852, buscaba congelar el instante en que la vida se deshace sin perder su delicadeza. Para lograrlo, convirtió a Siddal en la protagonista absoluta de un ritual extenuante: la mantuvo semanas enteras posando dentro de una bañera llena de agua, con velas colocadas debajo del metal para “mantenerla caliente”, aunque el truco rara vez funcionaba. El resultado fue un cuadro donde todo vibra —las flores minuciosamente pintadas, la vegetación luminosa, la corriente que parece moverse— excepto ella, que yace inmóvil, con los ojos abiertos, suspendida entre la dulzura y la muerte. Ophelia no solo es una obra maestra prerrafaelita: con el rostro de Siddal, se convirtió en una imagen definitiva de la fragilidad femenina en el arte victoriano, una belleza que duele porque anuncia lo inevitable.

Pero Elizabeth no fue solo musa. Fue también artista: dibujó, pintó, escribió poesía. Dante Gabriel Rossetti vio ese talento de inmediato y la convirtió en el centro de su vida y de su obra; la idealizó con una intensidad que oscilaba entre el amor y la posesión. Ella intentaba abrirse camino más allá del pedestal, tomó clases, expuso, recibió apoyo económico de John Ruskin. Aun así, conforme su salud se debilitaba, también lo hacían sus oportunidades de trascender como creadora y no solo como imagen.
“Una de las criaturas más bellas con un aire entre dignidad y dulzura con algo que excedía la modestia y la autoestima. Alta, finamente formada con un cuello suave y regular, con algunas características poco comunes, ojos verde-azulados, grandes y perfectos párpados, una tez brillante y un espléndido, grueso y abundante cabello oro-cobrizo. Poseía una modestia y respeto propio y se reservaba de forma desdeñosa. Su forma de hablar tenía un tono sarcástico.” William Michael Rossetti (1829-1919)
La relación con Rossetti fue un vaivén constante: pasión, silencios largos, reconciliaciones, culpas. Finalmente se casaron en 1860, cuando ella ya estaba marcada por enfermedades crónicas y por el dolor de un embarazo perdido. El láudano le ofrecía alivio, aunque también la arrastraba a una oscuridad cada vez más profunda. En 1862, su muerte por sobredosis selló el mito. Rossetti, devastado, enterró con ella el cuaderno donde guardaba sus poemas inéditos, en un gesto dramático que parecía ofrecer su obra literaria como ofrenda eterna. Años después, obsesionado y arrepentido, mandaría exhumarla para recuperarlos, avivando la leyenda mórbida que aún rodea su nombre.
Elizabeth Siddal quedó inmortalizada en un río helado, flotando como una Ofelia victoriana. Pero su historia es mucho más que la de una musa trágica: fue una mujer que intentó crear en un mundo que prefería mirarla antes que escucharla. Una artista cuya vida corta abrió una puerta que nunca terminó de cerrarse, recordándonos que detrás del mito prerrafaelita había una voz que quiso escapar del lienzo.
“Nunca conocí a una mujer tan brillante y agradecida –tan llamativa y tan entusiasta por disfrutar de esa peculiar y deliciosa fusión de ingenio, humor, pintura repleta de personajes y poesía dramática– poesía sometida a efecto dramático que es solo poco menos maravillosa y deliciosa que las más altas obras del genio. Ella era una maravillosa y adorable criatura.” Algernon Charles Swinburne (1837-1909)

Anitzel Díaz





















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