El último sha, Cuernavaca y la revolución que cambió Irán
- anitzeld
- 16 ene
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Actualizado: 17 ene
El sha de Irán en Cuernavaca y la historia del régimen que hoy cae

Cuernavaca siempre ha sido una ciudad dual. Ahí han llegado presidentes cansados, artistas en fuga, millonarios que buscan clima y anonimato. En 1979, también llegó un rey derrocado. Mohammad Reza Pahlavi, el último sha de Irán, caminó por calles de bugambilias y calor húmedo mientras su país se incendiaba a miles de kilómetros de distancia.
No era un exilio heroico. Era un retiro forzado. El monarca que había gobernado Irán durante casi cuatro décadas —con petróleo, fasto y represión— terminó refugiado en una casa vigilada, rodeado de guardaespaldas, lejos del trono y del pueblo que alguna vez prometió modernizar. En Cuernavaca, el sha no era un soberano: era un hombre enfermo, derrotado por una revolución que no supo leer.
Irán llevaba años acumulando rabia. La llamada modernización del sha había sido rápida, desigual y autoritaria. Había universidades, autopistas y una élite occidentalizada, pero también una policía secreta que torturaba, una riqueza concentrada y una profunda humillación cultural. El régimen parecía fuerte, pero estaba hueco. Cuando comenzaron las protestas, nadie imaginó que no se detendrían.
El sha creyó que podía contenerlas como había contenido todo: con el ejército, con el miedo, con el respaldo de Occidente. Se equivocó. Las calles se llenaron de gente común: estudiantes, comerciantes, mujeres, religiosos. No marchaban por un programa político sofisticado, sino por hartazgo. Y ese hartazgo encontró una voz en el ayatolá Ruhollah Jomeini, que desde el exilio supo convertir la indignación en destino.
Cuando el sha salió de Irán en enero de 1979, dijo que era temporal. Nunca volvió. La historia ya había cambiado de dueño.
Meses después, mientras la República Islámica se consolidaba con juicios sumarios, ejecuciones y una nueva moral obligatoria, el antiguo rey desayunaba en Morelos, lejos del ruido de Teherán. México lo recibió como se reciben las historias incómodas: con discreción. No era un gesto ideológico, sino diplomático. Cuernavaca se convirtió, por un instante, en el último refugio de una monarquía persa.
Ese contraste lo dice todo: mientras Irán inauguraba un régimen que prometía justicia divina y terminó construyendo otra forma de autoritarismo, su antiguo gobernante se desvanecía en una ciudad que vive de la eterna primavera y del olvido.
La revolución de 1979 no liberó a Irán; lo transformó. Cambió el rostro del poder, no su lógica. El nuevo régimen aprendió rápido de los errores del sha: nunca permitir una oposición organizada, nunca ceder la calle, nunca parecer débil. Durante décadas, la República Islámica gobernó con el recuerdo del monarca como advertencia: así cae quien se desconecta del pueblo.
Hoy, más de cuarenta años después, ese régimen enfrenta su propia erosión. Protestas masivas, mujeres al frente, jóvenes que ya no creen en la épica revolucionaria ni en la obediencia religiosa. El sistema que nació prometiendo dignidad repite los mismos gestos de su antecesor: censura, represión, violencia. La historia no se repite, pero rima.
El hijo del sha reaparece de vez en cuando en el debate, no como rey, sino como símbolo de una ruptura pendiente. No se trata de volver atrás, sino de cerrar un ciclo que nunca terminó. Irán sigue buscando algo que no tuvo ni con la monarquía ni con la teocracia: una vida sin miedo.
Tal vez por eso la imagen del sha en Cuernavaca resulta tan poderosa hoy. Un rey sin reino, exiliado en una ciudad que no era la suya, mientras su país se reinventaba —para bien y para mal— sin él. Es el recordatorio de que ningún régimen es eterno y de que el poder, cuando deja de escuchar, siempre termina lejos: en otra casa, en otro clima, en otro país.
La historia que empezó en 1979 parece estar llegando a su propio límite. Y como entonces, nadie sabe exactamente qué vendrá después. Pero Irán vuelve a estar en la calle. Y cuando eso ocurre, la caída deja de ser una posibilidad y se convierte en una espera.




















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