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El tesoro bajo tierra y el alboroto sobre la superficie

  • anitzeld
  • 15 ene
  • 3 Min. de lectura

Un tesoro bajo tierra, un video viral y la advertencia del INAH: el hallazgo que puso a San Pedro Jaltepetongo en el centro del debate


Por unos días, San Pedro Jaltepetongo, una pequeña comunidad de la Mixteca oaxaqueña, dejó de ser un punto casi invisible en el mapa para convertirse en escenario de un choque entre pasado y presente: una tumba prehispánica hallada por azar, decenas de piezas antiguas emergiendo de la tierra y un video en redes sociales que detonó una reacción inmediata del Estado.


Todo comenzó el sábado 10 de enero de 2026, cuando un creador de contenido identificado como “Señor Blue” publicó en Facebook imágenes de lo que describió como una tumba mixteca prehispánica localizada por habitantes del pueblo durante trabajos comunitarios. En los videos se observaban vasijas, restos óseos y objetos que el propio influencer calificó como “tesoros”, entre ellos una pieza metálica que, aseguró, era de oro.


Las imágenes se propagaron rápidamente. Miles de personas las compartieron con fascinación, asombro y orgullo. Pero mientras el hallazgo crecía en visibilidad digital, también crecía la preocupación institucional.


Horas después, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) emitió un pronunciamiento poco habitual en su tono: una advertencia pública.


El Centro INAH Oaxaca señaló que la difusión no autorizada de imágenes, videos o información detallada sobre sitios arqueológicos que no están abiertos al público puede constituir un delito federal y representar un riesgo grave para el patrimonio cultural de la nación. Recordó que todos los vestigios arqueológicos son propiedad de la nación y que su exploración, manipulación, difusión y exhibición están reguladas por la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos.


La institución subrayó que divulgar la ubicación o imágenes de un sitio sin supervisión facilita el saqueo, la destrucción y la intervención ilegal. Pero, sobre todo, advirtió algo menos visible para el público general: que cada objeto movido sin registro técnico destruye información científica irrecuperable.


La posición exacta de una vasija, la profundidad a la que se encuentra un hueso, la relación entre distintos materiales, las capas del suelo que los cubren: todo eso permite a los arqueólogos reconstruir prácticas funerarias, jerarquías sociales, rutas comerciales y cronologías culturales. Una vez alterado ese contexto, la historia se pierde para siempre.


“El daño no es solo al objeto —vino a decir el instituto— sino al conocimiento mismo”.


Tras la viralización, el INAH informó que estableció comunicación con autoridades locales y con representantes de la comunidad para verificar la autenticidad del hallazgo y determinar si efectivamente se trata de un contexto funerario prehispánico de origen mixteco. De confirmarse, se implementarán medidas de resguardo, conservación y estudio conforme a la normatividad, en coordinación con la población local.


El instituto también hizo un llamado explícito a comunicadores, ciudadanos y creadores de contenido a actuar con corresponsabilidad social. Reconoció que las plataformas digitales pueden ser herramientas de divulgación cultural, pero insistió en que deben utilizarse dentro del marco legal y con autorización de las autoridades responsables del patrimonio.


El caso dejó al descubierto una tensión profunda y contemporánea: la que existe entre la emoción legítima de descubrir el pasado propio, el deseo de mostrarlo al mundo y la necesidad de protegerlo de ese mismo mundo.


Bajo la tierra de San Pedro Jaltepetongo apareció una tumba que llevaba siglos esperando ser vista. Lo que nadie anticipó fue que, junto con ella, emergería también una discusión nacional sobre cómo se cuida, se narra y se comparte la memoria.


Porque no todo lo que se puede grabar debe grabarse.

Y no todo lo que se puede mostrar debería mostrarse sin cuidado.


El verdadero tesoro —parece decir el conflicto— no está solo en las piezas, sino en la historia que aún pueden contar, si se les deja hablar con tiempo, con ciencia y con respeto.


Este caso deja una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿la cultura debe protegerse del público o protegerse para el público? La divulgación cultural no es un problema en sí misma. Al contrario: sin difusión no hay apropiación social del patrimonio, no hay memoria compartida, no hay vínculo entre las comunidades y su historia. El problema no es que se cuente el pasado, sino cómo, cuándo y con qué consecuencias se hace visible.


La diferencia entre divulgar y dañar no está en la intención, sino en el impacto. Un video puede despertar interés por la arqueología… o puede abrir la puerta al saqueo. Una imagen puede educar… o puede borrar el contexto que le da sentido.


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