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El partido que no se jugó en la cancha

  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

Llegar al Estadio Azteca, hoy Estadio Banorte, no fue, en realidad, llegar a un partido. Fue atravesar una ciudad entera comprimida en filas.


Desde varias estaciones antes, el transporte público ya venía saturado. Vagones llenos, puertas que no cerraban, empujones resignados. Afuera, la marea continuaba: filas largas que serpenteaban banquetas, vallas metálicas, revisiones eternas. La reapertura del Estadio —cerrado desde mayo de 2024 por las remodelaciones rumbo a la Copa del Mundo— no solo convocó a los aficionados: también exhibió todo lo que implica moverse en masa en la Ciudad de México.


Había prisa, pero también cansancio. Y algo más: enojo contenido.


Antes de cruzar los filtros, otro partido ya se jugaba afuera. Madres buscadoras, con fotos colgadas al pecho, lograron acercarse a las inmediaciones del estadio. Sus consignas atravesaban el ruido de los vendedores, de los operativos, del entusiasmo forzado. Mientras dentro se afinaban detalles para el espectáculo internacional, ellas recordaban otra cifra: más de 130 mil personas desaparecidas en el país. Nadie guardó silencio del todo, pero tampoco se detuvo la marcha hacia las gradas.


Luego, la noticia que terminó de quebrar el ambiente: un aficionado cayó desde el segundo piso, en la zona de palcos, antes de que iniciara el partido. Murió ahí mismo, en un estadio que apenas volvía a abrir sus puertas. Algunos se enteraron por mensajes; otros, por el rumor que corría más rápido que cualquier balón.


Y aun así, el partido comenzó.


México y Portugal empataron 0-0. Un marcador que, en otro contexto, podría parecer discreto. En la cancha, Gonçalo Ramos tuvo la más clara al minuto 26: un disparo que se estrelló en el poste y que por un segundo silenció al estadio entero. Fue lo más cercano al gol en una noche que parecía destinada a quedarse en pausa.


El técnico Javier Aguirre lo resumió sin dramatismo: rendimiento individual aceptable, desajustes normales. Pero también reconoció lo evidente: doce jugadores fuera por lesión, varios de ellos clave en los títulos recientes. Un equipo incompleto, probándose a sí mismo a dos meses y medio del Mundial.


Del otro lado, Portugal tampoco llegó entero. Sin Cristiano Ronaldo ni Rafael Leão, el partido se jugó con ausencias que pesaban más de lo que se decía en voz alta.


En la tribuna, el ambiente era irregular. Había emoción por volver al estadio, sí. Pero también frustración: por las filas interminables para entrar, por la desorganización para salir, por el transporte que, al final, se volvió otra batalla. Muchos comenzaron a irse antes del silbatazo final, no por el marcador, sino por lo que implicaba regresar a casa.


El mediocampista Erick Sánchez habló de medir el nivel ante rivales de élite. Y eso fue el partido: una medición, más que un espectáculo.


Pero la crónica completa no está en el 0-0.


Está en las horas de traslado, en las filas, en el calor acumulado entre cuerpos, en las protestas que se filtraron entre los accesos, en la muerte que ocurrió antes del primer silbatazo, en la sensación de que el Mundial ya está aquí… y que la ciudad, como siempre, lo resiste a su manera.


Y entonces, en medio de todo —las filas interminables, el cansancio, la noticia que nadie quería escuchar, el partido que no terminaba de encender— llegó el momento que sí.



El estadio se levantó casi por instinto.


No importó el 0-0, ni las ausencias, ni el trayecto de regreso que ya pesaba en la cabeza. Bastaron los primeros acordes para que el Cielito Lindo hiciera lo que el partido no pudo: reunir a todos en un mismo pulso.


“Canta y no llores…”


La voz no salió perfecta, pero salió fuerte. Colectiva. Como si cada quien trajera algo atorado desde antes de entrar. Como si cantar fuera también una forma de aguantar.


Porque podrán cambiarle el nombre, rebautizarlo como Estadio Banorte, vestirlo de modernidad rumbo al Mundial. Pero para quienes crecieron y volvieron una y otra vez, seguirá siendo el Azteca. El coloso de Santa Úrsula. Un nombre que no se negocia fácil, que se hereda y se queda.


Por unos minutos, todo lo demás quedó suspendido: el ruido de la ciudad, las consignas afuera, la tensión, incluso la muerte que había marcado el inicio de la noche. El estadio volvió a ser lo que siempre ha sido en sus mejores momentos: un lugar donde la gente se reconoce en la voz del otro.


Y ahí, justo ahí, estuvo lo más conmovedor del partido.


No en la cancha.

Sino en la garganta de miles cantando lo mismo, al mismo tiempo, como si eso —aunque fuera por un instante— alcanzara para sostenerlo todo.




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