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El futuro ya está escrito (y lo escriben nuestros miedos)

  • anitzeld
  • hace 5 días
  • 3 Min. de lectura

Cómo los algoritmos amplifican nuestros miedos en un mundo que en realidad mejora


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Por momentos, parecería que vivimos en un estado de alerta permanente. Las crisis —reales, posibles o imaginadas— ocupan las conversaciones, inundan los feeds y moldean nuestro humor colectivo. Pero ¿estamos realmente más en peligro, o simplemente más expuestos al miedo?


Un cerebro antiguo con tecnología demasiado nueva


Los neurocientíficos tienen una explicación simple para este fenómeno: nuestro cerebro está cableado para poner atención a lo negativo. Es el llamado sesgo de negatividad, un mecanismo evolutivo que nos permitió sobrevivir detectando amenazas antes que oportunidades.


El problema no es ese sesgo, que siempre ha estado ahí, sino con qué lo combinamos hoy: algoritmos diseñados para maximizar el tiempo que pasamos frente a una pantalla. Y pocas cosas capturan más nuestra atención —y generan más engagement— que el miedo.


El mundo mejora, pero no lo parece


Hay un dato que suele sorprender: vivimos en uno de los mejores momentos de la historia. Las cifras globales muestran una caída sostenida en la pobreza extrema, mejoras históricas en alfabetización y aumentos en la expectativa de vida. También la mortalidad infantil ha disminuido en prácticamente todos los continentes.


Sin embargo, estas noticias rara vez se viralizan. No compiten con la adrenalina que provocan los titulares catastróficos ni con la incertidumbre que alimenta el doomscrolling.


¿Más paranoicos que antes? La evidencia es ambigua


Preguntar si vivimos “peor” en términos de ansiedad colectiva no es sencillo.

Un metaanálisis publicado en Clinical Psychology Review (2019) encontró aumentos significativos en ansiedad y depresión en jóvenes desde los años 2000, correlacionados con el uso intensivo de redes sociales. Las gráficas muestran cómo la generación que creció con el smartphone también creció con una sensibilidad mayor a la angustia.


Pero la percepción de fin del mundo no es nueva. Jean Twenge, investigadora de la Universidad Estatal de San Diego, recopiló décadas de encuestas y encontró que los niveles de preocupación apocalíptica se han mantenido sorprendentemente estables desde los años 50. Lo que cambia no es la intensidad, sino el objeto del miedo: de la guerra nuclear al calentamiento global, de las profecías milenaristas a la IA.


En otras palabras, las dudas existenciales siguen ahí, pero ahora se amplifican en tiempo real.


Cuando el miedo engancha (y tranquiliza)


Un estudio publicado en Personality and Social Psychology Bulletin (2015) reveló un comportamiento curioso: cuando las personas se sienten amenazadas, buscan más información sobre la amenaza, no menos. Es una forma rudimentaria de recuperar la sensación de control.


En el ecosistema digital actual, esta dinámica se vuelve un círculo perfecto: la amenaza llama la atención, la atención alimenta al algoritmo, el algoritmo muestra más amenazas.


La velocidad como factor nuevo


Si algo cambió respecto a generaciones anteriores es la velocidad.

En 2018, investigadores del MIT publicaron en Science un estudio ya clásico: las noticias falsas se propagan seis veces más rápido que las verdaderas, y el contenido que genera miedo tiene un 20% más de probabilidad de ser compartido. El miedo viaja más lejos y más rápido, y lo hace sin necesidad de ser cierto.


Esto explica por qué un rumor puede generar pánico en minutos, o por qué la ansiedad global puede sentirse más pesada que nunca: la exposición es constante.

¿Y ahora qué hacemos con todo esto?


No hay forma de apagar el sesgo de negatividad que heredamos, ni el diseño de las plataformas que usamos todos los días. Pero sí podemos —como usuarios— ajustar el filtro, elegir mejor qué consumimos y qué dejamos pasar.


Quizá la pregunta no sea si vivimos en la era con más paranoia, sino si estamos aprendiendo a convivir con un volumen de información que supera con creces nuestra capacidad humana de procesarla.

Entre tanto, siempre será buen momento para pausar, mirar alrededor y preguntarnos qué parte del miedo es real… y cuál es algoritmos jugando con un cerebro que nunca estuvo preparado para tanto.

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