Educación en la era de la inteligencia artificial: el riesgo del rezago en México
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En 2020, David Foenkinos escribía: “Si se descuidaba la educación, las personas menos cultas y menos cualificadas quedarían excluidas paulatinamente de la sociedad. La inteligencia artificial les daría de lado.” La frase parecía una advertencia literaria, una intuición lanzada al aire en medio de un mundo que apenas comenzaba a entender la magnitud de la transformación tecnológica.
Hoy, en México, esa advertencia tiene cuerpo.
El país arrastra rezagos educativos históricos que la pandemia profundizó: abandono escolar en educación media superior, brechas entre zonas urbanas y rurales, pérdida de aprendizajes y una desigualdad digital que dejó a miles de estudiantes desconectados. Mientras tanto, la inteligencia artificial avanzó sin pausa. Se incorporó a oficinas, universidades, redacciones, bancos, hospitales. Automatizó tareas cognitivas, filtró información, optimizó procesos. Y empezó a exigir nuevas habilidades.
La paradoja es evidente. En el discurso público se celebra la innovación tecnológica; en la realidad cotidiana, amplios sectores del estudiantado aún carecen de competencias digitales sólidas. No se trata solo de acceso a internet o dispositivos —que sigue siendo desigual— sino de algo más profundo: la capacidad de comprender cómo funcionan los sistemas automatizados, cómo interrogarlos, cómo detectar sus límites y sesgos.
La inteligencia artificial no excluye por intención, sino por diseño. Optimiza. Clasifica. Prioriza perfiles con ciertas competencias. En un mercado laboral cada vez más mediado por datos, quienes no dominan herramientas digitales, pensamiento crítico y habilidades técnicas quedan en desventaja. La exclusión ya no se manifiesta únicamente en la falta de empleo; también se expresa en la incapacidad de participar plenamente en una cultura atravesada por algoritmos.
México ha impulsado iniciativas de digitalización educativa y alianzas tecnológicas, pero la implementación es desigual y la capacitación docente avanza con lentitud frente al ritmo de la innovación. Sin una política integral que articule infraestructura, formación crítica y actualización curricular, la tecnología corre el riesgo de ampliar la brecha que prometía cerrar.
Descuidar la educación hoy no es solo un problema pedagógico: es una decisión que define quién dialoga con la tecnología y quién queda reducido a consumirla pasivamente. En un país marcado por profundas desigualdades sociales, la combinación de rezago educativo y aceleración tecnológica puede consolidar nuevas formas de exclusión, más silenciosas y menos visibles, pero igualmente determinantes.
Foenkinos lo formuló como advertencia. En México, comienza a sentirse como diagnóstico.
Rezago educativo
Hoy las cifras muestran que el principal foco de vulnerabilidad del sistema educativo mexicano está en la educación media superior, donde más del 11 % de los estudiantes abandona la escuela y solo alrededor de siete de cada diez concluyen en tiempo. A ello se suma que más del 10 % de niñas, niños y adolescentes permanece fuera del sistema educativo obligatorio, lo que confirma que el rezago no es marginal, sino estructural.
Aunque la Nueva Escuela Mexicana ha planteado un enfoque de equidad y ha impulsado apoyos como becas, los datos indican que estas medidas no han sido suficientes para revertir de manera sostenida la deserción ni para cerrar las brechas regionales y sociales. El abandono persiste, especialmente en el nivel donde se define la transición hacia la educación superior o el mercado laboral.
Las consecuencias son profundas: menor movilidad social, mayor inserción en empleos informales y debilitamiento del capital humano del país. En un contexto donde la tecnología y la inteligencia artificial exigen mayores competencias, el rezago educativo no solo limita trayectorias individuales, sino que amplía desigualdades y compromete la capacidad de México para competir y desarrollarse en el mediano y largo plazo.

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