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Cuba abre la puerta al mercado: las preguntas que podrían definir el futuro de la isla

  • hace 1 día
  • 6 min de lectura

Por primera vez en décadas, Cuba parece dispuesta a replantear algunas de las bases de su modelo económico. La Asamblea Nacional aprobó un plan de emergencia que contempla más de 170 medidas de apertura y desregulación: banca privada, grandes empresas, participación ampliada del sector privado en el comercio exterior, apertura inmobiliaria, inversión de la diáspora y el fin gradual de subsidios universales como la libreta de abastecimiento.



La magnitud del anuncio ha llevado a algunos observadores a compararlo con las reformas económicas impulsadas por China a finales de los años setenta o por Vietnam a partir de los ochenta. Sin embargo, Cuba enfrenta un reto distinto: intenta abrir espacios al mercado en medio de una de las peores crisis económicas de su historia reciente.


La pregunta no es únicamente qué cambia con las nuevas medidas. La pregunta es si existe una economía capaz de sostenerlas.


Un giro histórico impulsado por la crisis


La reforma llega después de años de deterioro económico.


La producción agrícola se encuentra en mínimos históricos, los apagones son frecuentes, la inflación ha erosionado el poder adquisitivo de los salarios y cientos de miles de cubanos han emigrado en los últimos años. Mientras tanto, el Estado enfrenta crecientes dificultades para financiar subsidios, importaciones y servicios públicos.


En ese contexto, el gobierno parece haber llegado a una conclusión que durante décadas evitó formular de manera explícita: el aparato estatal ya no puede sostener por sí solo la actividad económica del país.


Las nuevas medidas buscan atraer inversión, aumentar la productividad y generar riqueza fuera del sector público.


Pero la apertura plantea interrogantes tan profundas como las que pretende resolver.


¿Quién va a invertir?


Una de las preguntas más repetidas tras el anuncio es también una de las más importantes.


Si la economía cubana lleva años estancada, ¿quién pondrá el dinero para abrir bancos, empresas, fábricas o desarrollos inmobiliarios?


En teoría, las reformas apuntan a tres grandes fuentes de capital.


La primera son los emprendedores cubanos que ya operan pequeñas y medianas empresas y que ahora podrían expandirse.


La segunda es la inversión extranjera.


La tercera, y quizás la más relevante políticamente, es la diáspora cubana.


Durante décadas, millones de cubanos establecidos en Estados Unidos, España y otros países han sostenido a familiares mediante remesas. Ahora el gobierno busca que parte de ese dinero se transforme en inversión productiva.


Sin embargo, la disposición de los cubanos del exilio a invertir está lejos de ser una certeza.


Muchos empresarios cubanoamericanos se preguntan qué garantías existen de que las reglas actuales se mantendrán en el tiempo.


La palabra clave: confianza


Las economías de mercado no funcionan únicamente con leyes.


Funcionan con confianza.


Un inversionista puede asumir riesgos comerciales, pero difícilmente invertirá si teme que las reglas cambien de forma abrupta o que sus activos queden expuestos a decisiones políticas.


Por ello, la pregunta central para potenciales inversionistas no es si Cuba permite invertir hoy.


La pregunta es si podrán seguir haciéndolo dentro de diez años.


Los empresarios suelen buscar certezas sobre derechos de propiedad, protección frente a expropiaciones, acceso a tribunales imparciales, libertad para repatriar ganancias y estabilidad regulatoria.


Hasta ahora, muchas de esas garantías siguen siendo objeto de debate.


La reforma representa una invitación al capital privado, pero todavía deberá demostrar que ofrece condiciones suficientes para atraerlo.


El regreso de una vieja discusión: la propiedad


La apertura económica también revive uno de los asuntos más delicados de la historia cubana.


Después de la Revolución de 1959, miles de propiedades fueron nacionalizadas.


Décadas después, muchos descendientes de aquellos propietarios viven en Miami, Madrid o Nueva Jersey.


Si el mercado inmobiliario se expande y la inversión privada aumenta, inevitablemente reaparecerán preguntas complejas.


¿Quién es el propietario legítimo de determinados inmuebles?


¿Habrá compensaciones?


¿Se reconocerán reclamaciones históricas?


¿Podrían surgir litigios que desincentiven nuevas inversiones?


Hasta el momento, las reformas no ofrecen respuestas definitivas.



El sector inmobiliario: el verdadero termómetro de la apertura


La creación de bancos privados puede llamar la atención de los titulares, pero muchos economistas estarán observando otro indicador: los bienes raíces.


Históricamente, los inversionistas suelen mostrar su confianza comprando tierra, viviendas o edificios antes de embarcarse en proyectos más complejos.


Por eso, la evolución del mercado inmobiliario podría convertirse en una prueba decisiva para medir la profundidad de las reformas.


Si comienzan a surgir desarrollos privados, créditos hipotecarios, compra de inmuebles por parte de la diáspora y proyectos de construcción financiados con capital externo, significará que existe confianza en el nuevo marco económico.


Si no ocurre, podría indicar que el capital sigue considerando la apertura como un experimento temporal.


¿Quién comprará en una economía sin dinero?


La reforma enfrenta otra paradoja.


Para que existan empresas debe haber consumidores.


Sin embargo, buena parte de la población cubana enfrenta dificultades para cubrir necesidades básicas.


Aunque el gobierno anunció incrementos salariales, los ingresos continúan afectados por la inflación y la escasez.


Esto plantea una pregunta incómoda: ¿cómo sostener una economía de mercado cuando gran parte de la población tiene una capacidad limitada de consumo?


La apertura podría aumentar la oferta de productos y servicios, pero el crecimiento económico dependerá también de la recuperación del poder adquisitivo de los hogares.


El fin de la libreta de abastecimiento


Entre todas las medidas aprobadas, pocas tienen una carga simbólica tan fuerte como la eliminación gradual de la libreta de abastecimiento.


Durante más de seis décadas, este sistema permitió distribuir alimentos básicos subsidiados a prácticamente toda la población.


La reforma propone reemplazar ese esquema universal por ayudas focalizadas dirigidas a sectores vulnerables.


Desde una perspectiva económica, el cambio busca reducir el enorme costo fiscal de subsidiar a toda la población.


Desde una perspectiva social, el desafío es monumental.


Millones de cubanos dependen de esos productos para complementar una alimentación cada vez más costosa.


La gran pregunta es cómo identificarán a quienes necesitan apoyo y cómo evitarán que familias vulnerables queden excluidas del nuevo sistema.


La experiencia de otros países muestra que la transición de subsidios universales a subsidios focalizados suele generar tensiones cuando los mecanismos de protección no funcionan adecuadamente.


¿Qué ocurrirá con el aparato estatal?


Durante décadas, el Estado cubano ha sido prácticamente todo al mismo tiempo: empleador, productor, distribuidor, regulador y proveedor de servicios.


La apertura económica implica necesariamente redefinir parte de ese papel.


Las reformas contemplan incluso mecanismos para transformar empresas estatales en sociedades mercantiles y abrir espacio a nuevas formas de propiedad.


Esto plantea preguntas inevitables.


¿Qué pasará con los trabajadores de empresas públicas ineficientes?


¿Podrá el sector privado absorberlos?


¿Existirán programas de capacitación y reconversión laboral?


¿Se reducirá gradualmente el tamaño del Estado?


Hasta ahora, la transición aparece más como una dirección general que como una hoja de ruta detallada.


Tres escenarios para el futuro de Cuba

Escenario optimista: la apuesta funciona


Las reformas generan confianza.


La diáspora comienza a invertir, llegan capitales extranjeros, se crean nuevos negocios y la producción aumenta.


El crecimiento económico permite financiar programas sociales más eficientes mientras el sector privado absorbe parte del empleo estatal.


La economía se diversifica y mejora gradualmente el nivel de vida.


Escenario intermedio: crecimiento desigual


La inversión llega, pero de forma limitada.


Los beneficios se concentran en determinados sectores y regiones, especialmente entre quienes reciben remesas o tienen acceso a capital.


La economía mejora parcialmente, pero aumentan las desigualdades sociales y territoriales.


Este es el escenario que muchos especialistas consideran más probable en el corto plazo.


Escenario pesimista: apertura sin confianza


Las reformas se aprueban, pero los inversionistas permanecen cautelosos.


La incertidumbre jurídica, las dificultades financieras y la fragilidad económica limitan la llegada de capital.


Mientras tanto, la reducción de subsidios aumenta la presión sobre los sectores más vulnerables.


La economía cambia en el papel, pero no logra transformarse en la práctica.


Más que una reforma económica


Lo que Cuba intenta hacer va más allá de modificar leyes.


Está tratando de redefinir la relación entre el Estado, el mercado y los ciudadanos.


Durante más de sesenta años, el sistema descansó sobre la idea de que el Estado podía organizar y sostener la actividad económica nacional.


Hoy, las autoridades parecen reconocer que necesitan inversión privada, capital extranjero y participación de la diáspora para reactivar el país.


La pregunta que marcará los próximos años no es si las reformas son históricas.


La pregunta es si Cuba logrará construir algo aún más difícil que una nueva legislación: la confianza necesaria para que empresarios, inversionistas y ciudadanos crean en ella.


Porque la apertura ya comenzó.


Lo que todavía nadie sabe es si será el inicio de una recuperación económica o el comienzo de una transición mucho más compleja y desigual de lo que sugieren los anuncios oficiales.



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