Miss Universe: Un reinado bajo escrutinio
- anitzeld
- 20 nov
- 4 Min. de lectura
El concurso Miss Universe, uno de los espectáculos más longevos del entretenimiento global, atraviesa un momento crítico. Lo que antes era un escaparate de glamour, disciplina y representación nacional, hoy se enfrenta a una crisis de legitimidad. Entre escándalos, conflictos internos y un público cada vez más escéptico, la pregunta es inevitable: ¿qué sentido tiene un concurso de belleza en pleno siglo XXI?
Los últimos años han sido especialmente turbulentos para la organización. Desde denuncias de abuso en Indonesia hasta conflictos financieros y acusaciones de manipulación tras la compra de la marca por la empresaria tailandesa Anne Jakkaphong Jakrajutatip, la credibilidad del certamen se tambalea. Pero fue un incidente reciente —protagonizado por la mexicana Fátima Bosch, representante de México en Miss Universe 2025— el que encendió las alarmas sobre el trato a las concursantes y la coherencia de los valores que el concurso presume.
El incidente que cambió el tono
Durante una actividad promocional en Bangkok, Fátima Bosch se negó a participar en una sesión fotográfica no programada. El gesto provocó la ira de Nawat Itsaragrisil, ejecutivo vinculado al concurso, quien la llamó públicamente “dumb” (“tonta”) y le ordenó guardar silencio. La escena fue grabada por asistentes y se viralizó en redes sociales. Bosch respondió de inmediato: “Somos mujeres empoderadas, nadie puede callar nuestra voz”.
El episodio generó indignación internacional. Varias concursantes abandonaron el lugar en solidaridad con la mexicana, y medios como People, El País y The Times of India documentaron la ola de reacciones que forzó a la organización a sancionar al directivo y emitir una disculpa pública. La imagen de Miss Universe, que intenta sostener un discurso de inclusión y empoderamiento, quedó profundamente afectada.
El caso de Bosch expuso una contradicción central: ¿cómo puede un certamen que promueve el liderazgo femenino permitir la humillación pública de una participante? Lo que debía ser un evento de celebración se convirtió en una evidencia más de los desequilibrios de poder detrás del brillo del escenario.
Viejas estructuras en un nuevo mundo
Los escándalos no son aislados. En 2023, la organización rompió lazos con su franquicia en Indonesia luego de denuncias de agresión sexual contra seis concursantes durante una revisión física obligatoria. Las mujeres aseguraron que fueron forzadas a desnudarse frente a extraños bajo el argumento de una “evaluación corporal”. La noticia provocó indignación global y marcó un antes y un después en la relación entre la sede central y sus franquicias nacionales.
Además, tras la adquisición de la marca en 2022, los conflictos financieros y de poder se multiplicaron. En países como Filipinas y Estados Unidos se han reportado disputas internas, cancelaciones y renuncias de reinas, entre ellas Noelia Voigt, Miss USA 2023, quien denunció acoso y manipulación laboral dentro de la organización.
Estas crisis ponen en evidencia que el concurso enfrenta un reto mayor: adaptarse a una era donde la belleza ya no puede definirse solo por la apariencia, sino también por la ética y la coherencia institucional.
Miss Universe México: entre la oportunidad y la fractura
En México, el interés por Miss Universe sigue vivo, pero con otro tono. El certamen nacional —ahora bajo el nombre de Miss Universe México— se consolidó en 2024 con 32 candidatas estatales y una cobertura mediática importante. Sin embargo, la polémica de Bosch transformó la conversación: el debate ya no gira en torno a la estética o al vestido de gala, sino a la dignidad de las concursantes y la validez del formato.
Medios como Excélsior y El País subrayaron que el episodio expuso la necesidad de replantear la estructura de los concursos. Para algunos analistas, como Óscar Glenn, el caso “permitió que por fin existiera coherencia entre el decir, el ser y el hacer” en el certamen mexicano: una representante que levanta la voz contra el abuso encarna mejor el mensaje de empoderamiento que cualquier discurso oficial.
En redes sociales mexicanas, el apoyo a Bosch fue masivo. Para muchos usuarios, su reacción digna y firme fue un acto de resistencia frente a una estructura patriarcal todavía enquistada en la industria del entretenimiento. Sin embargo, también quedó claro que buena parte del público ya no percibe el concurso como una plataforma de transformación social, sino como un espectáculo que debe justificar su permanencia cultural.
La validez en disputa
Miss Universe intenta reinventarse bajo una narrativa de diversidad e inclusión: permite la participación de mujeres casadas, con hijos o mayores de 30 años. Pero los recientes incidentes muestran que la transformación discursiva no siempre se traduce en prácticas reales.
El dilema es claro: si se trata solo de entretenimiento, el concurso puede seguir existiendo como un show televisivo más. Pero si aspira a ser un espacio de empoderamiento femenino y liderazgo global, debe revisar sus propias dinámicas de poder, transparencia y protección.
En palabras de activistas y exconcursantes, el desafío de Miss Universe no es solo de imagen, sino de fondo: reconocer que el cuerpo femenino no es un producto, sino una voz política. La reacción de Bosch —apoyada por miles de mujeres en México y fuera de él— parece haber abierto una grieta por donde podría entrar algo de luz.

Epílogo: un espejo de la época
El universo de los certámenes de belleza refleja, en buena medida, las tensiones culturales de nuestro tiempo. Entre la nostalgia del glamour y las exigencias de igualdad, Miss Universe se debate entre la tradición y la reinvención.
En México, el caso Fátima Bosch simboliza más que un incidente aislado: representa el punto de inflexión donde una concursante dejó de ser una figura decorativa para convertirse en una voz política. Tal vez, en ese gesto, se encuentre la verdadera relevancia del certamen en la actualidad: ya no se trata de quién es la más bella, sino de quién se atreve a decir que algo no está bien.




















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