El Mundial que pagamos todos ¿quién lo disfruta?
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La fiesta más grande del futbol
Por primera vez en la historia, tres países comparten la organización de una Copa del Mundo. México, Estados Unidos y Canadá se presentan ante millones de espectadores como una región integrada, moderna y capaz de montar el espectáculo deportivo más visto del planeta.
Cada país vive el torneo a su manera. Estados Unidos lo organiza desde la lógica del negocio; México, desde la emoción colectiva y el orgullo futbolero; Canadá, desde una narrativa de inclusión y diversidad. Pero en los tres casos han surgido preguntas incómodas sobre los costos, los beneficios y quién termina pagando la factura.
La FIFA proyecta ingresos de hasta 19 mil millones de dólares por el Mundial 2026, una cifra récord para el organismo. Sin embargo, detrás de los estadios llenos, las campañas turísticas y las promesas de derrama económica, crece una pregunta incómoda en los tres países anfitriones: ¿quién gana realmente con el torneo?
Porque mientras la FIFA obtiene ganancias históricas, los gobiernos nacionales, estatales y municipales son quienes asumen buena parte de los costos de infraestructura, seguridad, movilidad y servicios necesarios para recibir a millones de visitantes.
Estados Unidos: el Mundial de las fronteras
Estados Unidos alberga la mayor parte de los partidos y cuenta con estadios de primer nivel que ya existían antes del torneo. La discusión, por tanto, no se ha centrado en la construcción de infraestructura, sino en las barreras de acceso.
Organizaciones civiles y grupos de aficionados han señalado que miles de personas enfrentan dificultades para obtener visas. En algunos casos, los tiempos de espera para una entrevista consular superan los meses. La situación ha generado críticas hacia un Mundial que se presenta como global e inclusivo, pero que para muchos aficionados resulta difícil de alcanzar.
También existen cuestionamientos por las exenciones fiscales otorgadas a la FIFA. En Georgia, las pérdidas estimadas por beneficios tributarios rondan los 25 millones de dólares. En Florida, alrededor de 7.4 millones de dólares dejarán de ingresar a las finanzas públicas, recursos que podrían haberse destinado a educación, salud o programas sociales.
A ello se suma el costo para los aficionados. Entre vuelos, hospedaje, transporte y boletos, especialistas consideran que se trata de una de las Copas del Mundo más caras de la historia.
Canadá: el precio del espectáculo
Canadá ha promovido el Mundial como una celebración de diversidad, inclusión y multiculturalismo. Sin embargo, el entusiasmo ha sido acompañado por una creciente preocupación sobre el gasto público.
Los costos estimados para los contribuyentes canadienses superan los mil millones de dólares canadienses. En Columbia Británica, donde Vancouver recibirá siete partidos, el presupuesto pasó de 230 millones de dólares en 2023 a más de 624 millones, casi el triple de lo originalmente anunciado.
Las críticas surgen en un contexto marcado por la crisis de vivienda y el aumento del costo de vida. Para muchos ciudadanos, la pregunta es inevitable: ¿vale la pena invertir cientos de millones en un torneo de un mes cuando miles de personas tienen dificultades para pagar una renta?
México: entre la ilusión y las carencias
México vive el Mundial de manera distinta. Es el primer país que organiza tres Copas del Mundo y la narrativa oficial lo presenta como una oportunidad histórica para mostrar al mundo su cultura, gastronomía y capacidad turística.
La Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey esperan una importante derrama económica derivada del turismo internacional, el consumo y la inversión asociada al torneo. Se proyectan miles de millones de pesos en actividad económica y decenas de miles de empleos temporales.
Sin embargo, los costos reales siguen siendo difíciles de calcular. Las inversiones están distribuidas entre distintos niveles de gobierno e incluyen mejoras urbanas, rehabilitación de espacios públicos, movilidad, seguridad, tecnología y promoción cultural.
Las críticas también han acompañado la preparación. En la Ciudad de México, el Mundial coincidió con protestas magisteriales y demandas sociales que evidenciaron que los problemas cotidianos continúan más allá de la fiesta futbolera. En Guadalajara persisten preocupaciones relacionadas con el agua, el transporte y los servicios públicos. En Monterrey, los debates se han concentrado en movilidad, crecimiento urbano y calidad de vida.
Para muchos ciudadanos, la duda es si los beneficios llegarán a la población en general o si terminarán concentrados en cadenas hoteleras, grandes empresas, aerolíneas, patrocinadores y desarrolladores inmobiliarios.
Los que quedan fuera
Las críticas al Mundial no se limitan al dinero.
Organizaciones de derechos humanos han advertido sobre las dificultades que enfrentan aficionados de diversos países para asistir al torneo debido a restricciones migratorias y requisitos de visado. Activistas también han expresado preocupaciones relacionadas con la libertad de expresión, el trato a periodistas y la seguridad de personas LGBTQ+ en determinados contextos políticos de la región.
La contradicción es evidente. Mientras la FIFA presenta el torneo como una celebración universal, millones de personas podrían enfrentar obstáculos económicos, burocráticos o políticos para formar parte de ella.
Negocio global, factura local
La historia de los grandes eventos deportivos suele repetirse. Los beneficios prometidos son enormes, pero los costos recaen principalmente en las ciudades anfitrionas y sus contribuyentes.
Los aficionados compran los boletos. Los trabajadores construyen y operan la infraestructura. Los gobiernos financian obras, transporte y seguridad. Los ciudadanos asumen parte de la factura mediante impuestos y gasto público.
Mientras tanto, la FIFA concentra ingresos récord.
Cuando el balón empiece a rodar, millones de personas verán una fiesta global. Pero detrás de cada estadio iluminado permanecerá una pregunta que atraviesa las tres naciones anfitrionas: si el legado del Mundial justificará realmente el precio que sus sociedades han pagado para hacerlo posible.


















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